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XOLOITZCUINTLE: EL TRIBUTO A LOS MUERTOS EL PERRO HA TENIDO UN GRAN SIMBOLISMO EN LAS CULTURAS ANTIGUAS Y EN SUS MITOLOGÍAS, ASÍ PODEMOS ENCONTRAR LOS PSICOPOMPOS (DEL GRIEGO PSYQUE –ALMA- Y POMPAS, -EL QUE CONDUCE-) QUE SON ENTIDADES, ESPÍRITUS O ANIMALES QUE CONDUCEN AL DIFUNTO A ALGÚN LUGAR DE ULTRATUMBA. ENTRE LOS ANIMALES DESTACAN EL CANCERBERO EN LA CULTURA GRIEGA Y ANUBIS EN LA EGIPCIA Y, CLARO, EN LA COSGOMONÍA NÁHUATL ENCONTRAMOS AL XOLOTZCUINTLE, EL DIOS-PERRO XÓLOTL. EL QUE ACOMPAÑA EL ALMA DEL MUERTO HASTA LA ÚLTIMA DE LAS NUEVE ETAPAS DEL MICTLÁN. La presencia del perro entre las culturas de Occidente no sólo fue importante en la vida cotidiana como medio de alimentación o en los aspectos económicos y religiosos, además de estar presente en las costumbres funerarias como medio simbólico para ayudar a los muertos a llegar al inframundo. En anteriores artículos hemos platicado sobre el Xoloitzcuintle o Perro Pelón Mexicano, una de las dos razas originarias de México y sobre la importancia que ha tenido en las culturas Mesoamericanas desde antes de los tiempos precolombinos hasta nuestros días. Es así que sabemos que XÓLOTL, el hermano gemelo de QUETZALCÓATL y quien tenía el don de nahualismo (facultad de una persona para adoptar forma de animal) podía transformarse en un Huexolotl, un Axolotl y el Xoloitzcuintli, el perro sin pelo y al que los científicos han denominado como “canis mexicanus”;sabemos que el emperador Moctecuzoma llegó a poseer más de 100 ejemplares y que ocupa un lugar preponderante en el Calendario Azteca o Piedra del Sol. Conocemos que de alguna forma fue utilizado en la medicina tradicional mexicana, tema en el que abundaremos en una futura entrega. Hemos hablado también sobre la importancia de este excepcional animal en la mitología precolombina, destacando su íntima relación con la muerte y también con la vida, en la cosmología náhuatl la muerte es un regreso al origen, ya que el alma del difunto -con excepción de los guerreros, los sacrificados y las mujeres que mueren de parto- debe viajar durante cuatro años hacia el Mictlán, lugar de los muertos o lugar subterráneo conocido como lugar oscuro y al que los españoles católicos le llamaron “infierno”. Es por eso que ahora platicaremos sobre la importancia de este maravilloso canino en el ámbito funerario y sus representaciones artísticas en el mismo. Debemos aclarar que no se llega al Mictlán directamente, sino que debe caminar y superar los obstáculos del camino, por esto en los rituales funerarios se le daba al difunto simbólicamente todo lo necesario los cuatro años que dura el viaje. Tiempo en el que el difunto debe llegar a la novena etapa en la que se encontrará un río que debe atravesar. En la ribera están los perros y cuando uno de ellos reconoce a su amo le ayuda a atravesar el río. En esta etapa el muerto siempre necesita de un perro, por eso se sacrificaba uno cuando la persona moría. Con los datos disponibles para el centro de México, sabemos que sólo se enterraba en cuevas a los personajes importantes como Xólotl;también se colocaban los restos de los que habían sido sacrificados en ceremonias o rituales a Tláloc, a Xipe y Tlalocantecutli en los templos. Esto significa que la mayoría de los habitantes que se suponía irían al Mictlán eran incinerados. Las cenizas eran colocadas en una vasija y enterradas dentro de casa. De los entierros asociados a Tláloc podemos deducir que marcaron tradición, lo cual es perceptible en las pinturas de Tepantitla en Teotihuacan, en la entrada al Tlalocan –lugar donde descansan los muertos-.
Después de la incineración -la cual se cumplía entonando cánticos- los ancianos rociaban con agua los restos humanos, los colocaban en una urna y los enterraban en alguno de los cuartos de la casa, sin omitir la cuenta de jade colocada desde antes de la cremación, se anexaban ofrendas varias y el infaltable perro Xoloitzcuintle. Se refiere que era costumbre poner todos los días ofrendas en el lugar donde estaban enterrados los huesos o los restos de los muertos. Las ofrendas eran obligatorias a los 80 días de la muerte y posteriormente cada año, hasta cumplirse los cuatro que duraba el viaje al Mictlán. Tal vez es este el origen de las hermosas ofrendas que año con año son montadas en los hogares mexicanos y en las cuales no sólo se colocan flores, la comida y bebida favoritos del difunto, entre muchas otras cosas, también se coloca una figura de barro representando a un Xoloitzcuintle. Eso independientemente de las fiestas que el calendario ceremonial establecía para el culto a los difuntos, basta recordar que el sexto día de los veinte que constituyen la división básica del calendario lleva el nombre de Miquiztli (muerte) y que el noveno y décimo meses de los dieciocho que tiene el año estaban dedicados a los muertos; primero los niños y después los adultos. Tal vez sea conveniente agregar que la decapitación después del sacrificio también era habitual y que la cabeza de la víctima solía ser destinada al Tzompantli, monumento fúnebre donde se exponían los cráneos, algunos ya descarnados de los sacrificados, los cuales principalmente eran guerreros capturados. Si bien es cierto que en este tipo de representaciones abunda la fauna y como ejemplo encontramos guacamayas, tortugas, caracoles, armadillos, venados, una amplísima gama de perros, ricas ofrendas funerarias ligadas a la religiosidad y elaboradas por manos prodigiosas que nos muestran a detalle la falta de piezas dentarias en algunas vasijas. Manos que lograron majestuosas obras como la Coatlicue, el Tláloc apostado en el bosque de Chapultepec, los enormes glifos del Tajín en Veracruz y los de Xochicalco en el estado de Morelos y el mismo calendario Azteca o Piedra del Sol. Un claro ejemplo se remonta a 3500 a.C. en la Cueva del Tecolote, Huapalcalco, en el estado de Hidalgo; en el que fue encontrado un entierro con dos individuos, uno de ellos acompañado de los esqueletos de cinco perros, puestos allí a manera de ofrenda; el otro tenía -entre otras cosas- una mandíbula de cánido. En Tlatilco, sitio del preclásico en la zona norte del valle de México, fueron encontrados restos óseos de perros en 17 entierros, algunos esqueletos casi completos y de los cuales se supone fueron enterrados como ofrendas; uno de ellos sirvió como ilustración de la 2ª de forros del libro “El enigma del Xoloitzcuintle”, de Wrigth. Ahí mismo fueron encontrados tres casos de perros que tuvieron su propio entierro en los que fueron acompañados con diversos objetos de ofrenda. Es de destacar que en uno de estos casos el perro en cuestión tenía entre esos objetos una vasija de arcilla en forma de perro, ¡¡¡¡con cara antropomorfa!!!! Otros ejemplos de importancia son los encontrados en Chupiacuaro en el estado de Guanajuato, donde igualmente era costumbre enterrar a los perros. También se han encontrado efigies de perros en Monte Albán, Oaxaca, ya que algunas tumbas zapotecas contenían restos de perros sacrificados y están fechadas entre 660 y 750 d.C. En Tingambato Michoacán se tiene referencia de una vasija en forma de perro. Dos interesantes vasijas de perros elaboradas en barro fueron descubiertas en los Teteles de Ocotitlán, Tlaxcala. También se han encontrado en Huejotzingo y Tehuacán en Puebla. Sin embargo, es en Teotihuacan donde la arqueología arroja una mayor cantidad de perros. Ya que es en esta ciudad donde abundan figuras representando un perro y en donde parece que era una práctica normal el sacrificar al perro y colocarlo junto al muerto. Un caso muy especial son los perros cebados de Colima, sobre todo por la poca influencia que recibía de Teotihuacan, ya que en ambos sitios existe una gran semejanza entre las piezas de arcilla anaranjada y nuestros xoloitzcuintles vivos. Tal vez, amigo lector, te has preguntado en alguna ocasión el porqué algunas de estas vasijas son tan distintas a los xoloitzcuintlis vivos, y es principalmente porque han sido utensilios para contener, esto es, han sido diseñadas para ser parte de las ofrendas en las cuales se colocaba al difunto con alimento, semillas, agua y lo que fuera necesario para el largo viaje. Realmente son tan variadas que han sido clasificadas en grupos:
Ya antes habíamos comentado que la mayoría presenta oquedades para recibir en su interior líquidos, alimentos o semillas. Así encontramos figuran de perros echados, sentados, gruñendo y algunos en actitud de juego. Una de las piezas de cerámica más conocidas es la de los “Perritos Bailando” en la que es importante destacar que uno de estos ejemplares representa un ejemplar de pelo y el otro sin pelo. Algunos autores hacen referencia a que no se encuentran bailando y que tal vez están representando la lucha entre el bien y el mal, la dualidad de la humanidad. Es importante destacar el gran conocimiento que sobre el manejo de la arcilla y el barro tenían las antiguas culturas mesoamericanas. Manos que lograron plasmar las diferentes actividades de los humanos y de los animales, en este caso de los xoloitzcuintles con los que convivieron de forma cotidiana. Una de nuestras piezas favoritas es la que representa a una hembra echada y amamantando a sus crías, ya que es de un realismo impactante, ya que a lo largo de poco más de 25 años de convivir y criar ejemplares de la raza Xoloitzcuintle hemos tenido la oportunidad de comparar y constatar que las poses adoptadas por el Xoloitzcuintle fueron captadas y expresadas maravillosamente por los artesanos, incluso pareciera que se quedaron congelados o petrificados. Por lo que a usted que lee estas líneas y que tiene perro sin importar la raza, la próxima vez que observe una de estas figuras, le invito a que mentalmente las compare con las actitudes de su perro. Para leer más:
Para mayor información puede contactar al correo: riveramx05@hotmail.com |